¿Y si Trump no puede llegar al 3N?
- Reportados TV
- 5 oct 2020
- 5 Min. de lectura
Por Javier Luengo Moya

@_luengo98

El posible fallecimiento del candidato presidencial tendría unas consecuencias inciertas e importantes de cara a las próximas elecciones de noviembre.
Donald Trump anunció el pasado viernes su resultado positivo por coronavirus. Una situación que desembocó- en apenas 24 horas- en el ingreso hospitalario del mayor dirigente político de Occidente.
La infección por COVID-19 de Donald Trump no podía llegar en peor momento. Apenas siete meses desde el inicio de la pandemia y con un país al que todavía le cuesta salir, como al resto del mundo, del letargo económico en el que lo sumió el virus.
Menos de 30 días quedan- una cuenta atrás en toda regla- para que Donald Trump teste a los estadounidenses en las urnas. Las últimas encuestas publicadas hablan de cierto empate técnico entre el candidato republicano y el demócrata, Joe Biden, pese a que apuntan, eso sí, a que éste último será quien a partir del 20 de enero presida el Despacho Oval y desde allí al resto del «mundo libre».
Donald Trump y su mujer, Melania, pasarán las dos próximas semanas en cuarentena, bajo tratamiento médico, lo que impedirá al estridente magnate neoyorquino asistir a los debates previstos con Biden. Y, a lo mejor tampoco le viene mal perderse estos cara a cara- tan condicionantes en la vida política estadounidense- tras el bochorno sufrido en el cara a cara el pasado 30 de septiembre en la Universidad Case Western Reserve de Cleveland.
Sobre el escenario de la ABC el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, evitó condenar a los supremacistas blancos, habló de un intento de golpe en su contra y sugirió sin pruebas que puede haber fraude electoral. Nada más y nada menos.
Un duelo político de algo menos de 90 minutos que sirvió para reflejar, y muy fielmente, el grado de deterioro político del país así como el recelo y desprecio entre los rivales electorales inimaginable en la apacible política estadounidense hace apenas unos años, durante la que he bautizado como época «A.T. (antes de Trump)».
Con las informaciones de los últimos días nada se puede dar por seguro. Por el momento, todos son incógnitas en un horizonte en el que Trump puede no estar.
Pero, ¿qué pasaría si Trump no pudiese postularse al 3N?
La Constitución es clara y señala al vicepresidente como la figura política que debería suceder al presidente si éste, muere o se ve incapacitado. Ya sucedió en 1963 tras el asesinato de J.F. Kennedy cuando pocas horas después del suceso y a bordo del avión presidencial, el Air Force One, Lyndon B. Johnson tomó las riendas del país.
El problema está a posteriori ya que la vigesimoquinta enmienda de la Carta Magna de los Estados Unidos se establece que: «En caso de destitución del presidente de su cargo o muerte o renuncia, el vicepresidente se convertirá en presidente». Un ascenso inédito en la historia de la democracia más antigua del mundo salvo contadas excepciones como la de Kennedy - Johnson o en 1974 cuando Gerald Ford asumió la presidencia tras la renuncia de Nixon por el caso Watergate.
La Constitución establece que el Congreso debe decidir qué sucede si el vicepresidente también muere o no puede servir, y también se han promulgado varias leyes para prever las contingencias. En tal supuesto- muy difícilmente abarcable- el presidente o la presidenta, en esta legislatura, de la Cámara de Representantes sería quien asumiera los mandos del país al representar a la tercera fuerza política más importante del país.
En este 2020 y con la legislatura en pie, la presidencia sería todo un sueño a conseguir (y una pesadilla para Trump) para la actual presidenta de la Cámara de Representantes, la demócrata Nancy Pelosi (80 años).
¿Y si Trump enfermase gravemente?
Si Trump enfermase gravemente podría notificar, por medio de carta, a la presidenta de la Cámara y al presidente pro tempore del Senado (recordemos que en Estados Unidos la presidencia del Senado le corresponde al vicepresidente) que se ve imposibilitado para «cumplir con los poderes y deberes de su cargo» y así transferir sus poderes a Mike Pence (61 años), actual vicepresidente; quien, en efecto, se convertiría en presidente interino. Eso sí, con toda legitimidad, Trump puede reclamar todas sus funciones al recuperarse.
Aún con todo, también cabe la posibilidad de una destitución forzosa del presidente en el más que posible caso de que Trump mantenga sus intenciones de aferrarse a la Casa Blanca como ha expresado hasta ahora. En este caso la vigesimoquinta enmienda constitucional también tiene la solución y contempla una destitución forzosa del presidente «en caso de que se niegue a hacerlo». La enmienda le otorga al vicepresidente- que debe actuar con el gabinete o con un grupo designado por el Congreso- poderes para intervenir.
Si la mayoría de cualquiera de esos grupos informa a la Cámara y al Senado que el presidente «no puede cumplir con los poderes y deberes de su cargo», señala el documento: «el vicepresidente asumirá inmediatamente los poderes y deberes del cargo como presidente interino».
Ese mandato nunca se ha utilizado y las consideraciones políticas podrían dificultar su ejecución.
¿Y si Trump no llega al 3N? [en condiciones para postularse]
Aquí las cosas ya comienzan a teñirse de negro. Negro azabache. La decisión quedaría en manos del Comité Nacional Republicano quien tendría que escoger a un nuevo nominado.
Este nuevo proceso involucraría a la presidenta del partido, Ronna McDaniel, y los 168 miembros nacionales, tres por cada estado y territorio. ¿El problema? Que muchos estados ya han comenzado a imprimir, enviar por correo y aceptar las papeletas para el 3N. Algunos electores incluso ya han comenzado, en algunos estados, a votar en persona. Por lo que es muy poco probable que los tiempos permitan la firma de un nuevo candidato en las papeleras a tiempo para el día de las elecciones.
A partir de aquí correspondería a los estados, individualmente, decidir cómo proceder, y la mayoría no ha establecido una normativa que contemple estos supuestos.
Si Trump perdiera, la solución se traduce en un simple cambio de poderes a favor del demócrata Joe Biden. En cambio, si Trump ganase las elecciones, pero no pudiera hacerse cargo del Gobierno, la cosa se complica y la pelota quedaría en manos del Congreso, el Comité Electoral y los tribunales.
Una lucha entre los partidos, y entre la política y la justicia, que no haría más que echar más leña a un fuego bastante alimentado a causa de la polarización de los estadounidenses, el aumento de los conflictos étnicos tras la muerte a manos de la policía de George Floyd y otros tantos afroamericanos que sienten que Estados Unidos ya no es la casa acogedora en la que crecieron.
También cabe la posibilidad de que el Congreso retrase las elecciones, aunque eso, nunca ha sucedido en la historia de Estados Unidos.
Cuando Trump sugirió hacerlo debido a la pandemia en julio, citando una teoría desacreditada de que el voto por correo podría verse comprometido por fraude, sus comentarios fueron rechazados tanto por demócratas como por republicanos. Veremos que opinan sobre ello ahora que las razones son otras.
Seguiremos informando.
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